La foto que acompaña este texto me hizo reflexionar sobre muchas cosas, entre ellas, sobre los estilos de dirección aplicados a la empresa. La clásica gestión impositiva está de capa caída, ya que no se adapta de la manera adecuada, al actual panorama laboral. La época en que la economía se sustentaba en grandes fábricas llenas de mano de obra poco cualificada, ha dejado paso a un tipo de empresas mucho más ágiles, donde la responsabilidad, la creatividad y el talento de las personas que la integran, son un valor al alza.
Las teorías más de moda, proponen usar diferentes estilos de dirección, dependiendo de los objetivos a conseguir, del perfil del equipo, incluso de los valores de la empresa. Yo voy un poco más allá, y es que si cada ser humano es diferente, ¿porque no tratarle de una manera personalizada? ¿Acaso no lo hacemos en nuestro día a día? Claro, esta idea choca con la estandarización a la que se ha tendido durante el último siglo, pero los tiempos cambian, y esto también.
La definición de Inteligencia Emocional que propone Daniel Goleman: “la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los de los demás, de motivarnos y de manejar adecuadamente las relaciones”, encaja de manera perfecta con una de las cualidades fundamentales de un Director. Alguien con un puesto en donde se manejen equipos, debería tener la habilidad de conocer a las personas que lo integran, comunicarse con ellos de manera adecuada y aprovechar su talento al máximo.
Creo firmemente en la humanización de las empresas, y esto no quiere decir que éstas dejen de tener el beneficio económico como meta, sino que se empiece a considerar que el mayor activo son las personas, y cómo personas se las debe tratar. Pensar con amplitud de miras, sin los encorsetamientos del pasado puede ser la clave del cambio.

